Su mirada es celeste, casi transparente. Parece que se pudiera ver a través de ella, como una ventana a sus pensamientos. Sobre los hombros le caen en cascada los mechones dorados, que se funden en destellos con el color de su piel y el brillo de la rueda de carro que lleva colgando al cuello en un guiño a la bandera de su pueblo. La joya habla por ella: es gitana. «Detrás de un simple “no lo pareces” se esconde una gran lista de prejuicios que nos limitan y que, por desgracia, marcan nuestras vidas», arranca su discurso Estefanía Ruiz, que sigue defendiéndose: «Por lo visto, la población mayoritaria sí puede ser diversa, con colores diferentes de ojos, pelo y piel, pero dentro de la comunidad gitana tenemos que cumplir con una serie de estereotipos que se nos imponen, aunque seamos millones en todo el mundo».Estefanía Ruiz: «Me llaman gitana como insulto, pero para mí ser gitana es motivo de orgullo» Estefanía Ruiz: «Me llaman gitana como insulto, pero para mí ser gitana es motivo de orgullo»

Consciente de que ser blanca y rubia le permite esquivar el racismo en muchas situaciones cotidianas que, por ejemplo, no puede evitar su hermano, de tez más oscura, esta joven con raíces madrileñas, lejos de acomodarse en ese privilegio frente a otras personas de su misma etnia, ha decidido pelear con uñas y dientes por sus derechos y convertirse en una de las voces más visibles del activismo calé en España. «Históricamente, nos han intentado exterminar de todas las maneras posibles, como en la Gran Redada de 1749, cuando se capturaron alrededor de 10.000 personas solo por ser gitanas», empieza echando la vista atrás para continuar argumentando su lucha en el presente: «Hoy, a pesar de que nos discriminan, deshumanizan, agreden y matan, sigue debatiéndose y cuestionándose la incorporación del antigitanismo en el código penal».

Estefanía nació en Cartagena hace 26 años, allí de donde es su padre, pero ha sido criada y educada en los valores de un grupo de mujeres fuertes y valientes que crecieron en la barriada de Pan Bendito: «Mi abuela, mi madre y mis tías fueron las primeras en hacer frente al racismo, al machismo y al clasismo, son las que me han transmitido el coraje y la resiliencia del pueblo gitano, las que nunca necesitaron príncipes azueles que las salvaran, las que son para mí el feminismo», dice haciendo honor a la palabra «phenjalipen», que lleva tatuada y que en romaní significa hermandad de mujeres.

Estefanía Ruiz: «Me llaman gitana como insulto, pero para mí ser gitana es motivo de orgullo»

El espíritu de superación de estas que son sus referentes la empujó hace cinco años hasta Madrid, donde ha ejercido como integradora social en la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo, experiencia que no hizo sino reafirmar sus motivaciones y su posición como resistencia frente al antigitanismo. «Igual que mientras estudié mis compañeras y hasta mis profesoras intentaron convencerme de que yo era la excepción por no ser una inadaptada con problemas de insalubridad y falta de educación, trabajando para el Ayuntamiento tuve que soportar también comentarios vejatorios», lamenta la que ahora estudia Psicología a distancia, segura de no ser ninguna rara avis dentro de su comunidad, pues, recuerda, «la primera mujer en doctorarse en matemáticas y dar clases en una universidad europea a finales del siglo XIX fue Sofía Kovalévskaya, una gitana rusa».

Lo dejó, pero no Madrid, donde sigue formándose como profesional: «Ahora soy diseñadora para una marca de ropa reivindicativa y, además, intento sacar adelante mi propio proyecto», explica Estefanía sobre Mil duquelas, una firma nacida tras el confinamiento con la que aspira a visibilizar su causa y a ayudar a que cualquier niña gitana tenga menos miedo y se sienta menos sola vistiendo una camiseta de la polaca Papusza, la primera poeta gitana en publicar sus textos, o luciendo el mismo colgante que ella, símbolo del nomadismo y de la libertad sin fronteras. Una iniciativa que, unida a su activismo y a su arte en las calles de la capital, contribuye a limpiar de connotaciones negativas su raza, porque, concluye: «Me han llamado gitana como insulto infinidad de veces, pero nunca he entendido la razón; para mí ser gitana es motivo de emoción y de orgullo».

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